Sabes muy bien cuando viene. Tras años de convivencia no es difícil darse cuenta. Pronto ya comienza y entonces la cabeza comienza a pesar, te das cuenta que estás pálido al notar tu frente fría y ese sudor más frío aún. Sientes los latidos de la parte más nimia de tu cuerpo.
Maldices una y otra vez al sol por estar ahí, y a ese más maldito reborde metálico que lo refleja cuando justamente tratabas de evitarlo. Pronto vienen las nauseas y las ganas de vomitar. Necesitas sacarte los lentes, la nitidez duele. Cerrar los ojos, respirar profundo.
Al lado conversan como si no supieran. No saben, se ríen y se ríen y todo retumba. Tus pasos (y los de los demás), las llaves en el bolso, la micro que pasa, la hoja seca que pisaste.
Desde niño que la migraña me acompaña. A veces se va de paseo, pero siempre vuelve, y con revancha. Diablos cómo duele. Y no queda más que llegar pronto a casa, buscar la ergotamina que por enésima vez olvidaste traer contigo, y esperar a que pase, que te deje en paz.
(escrito: 27.01.07)