Ingeniero, ¿es usted?
Las palabras, con marcado acento argentino, venían de la boca de un hombre alto y delgado, de ropa sucia pero digna, cubierto por un abrigo largo y de buen corte y una barba sin cuidar de un par de semanas.
Tras mi negativa a ser su ingeniero y mi claro deseo de seguir adelante, vino un bueno, no importa, necesito que me ayudes, mirá, tengo que estar mañana en Antofagasta y me falta dinero, viste? ¿me podrás ayudar?
Mi negativa ciertamente no le pareció bien, pero peor le pareció mencionara que no tenía monedas. Bah, yo necesitaba billetes.
Y se alejó tan rápido como llegó, murmurando pensamientos ininteligibles.