Cada dos semanas, Sandra metódicamente lo medía. Estatura y largo de brazos, tabulados en forma ordenada en el reverso de su cuaderno de matemáticas. La experiencia le había demostrado que no hacía falta hacerlo más que una vez al mes, no habían diferencias significativas entre día y día, ni tampoco de semana a semana, pero aún así prefería mantener su ritmo bisemanal. En ocasiones se sorprendió notando que medía menos que la vez anterior, y luego de la sorpresa inicial se bofeteaba la cara por haberlo medido mal, está más que claro que los niños no se encogen. Nunca lo pesaba, no por falta de pesa -había una en el baño, en la que el niño se medía por su cuenta y registraba a escondidas-, sino por hallarlo innecesario.
No hay plazo que no se cumpla y así llegó el día de Juan, pues así se llamaba el niño, y en vez de ir al colegio salió junto a Joselo y Rafita. Con la altura y el largo de brazos precisos para lograr limpiar los parabrisas hasta del auto más grande, se unió a la industria familiar. Sandra y Miguel, su padrastro, bebieron cerveza para celebrar el acontecimiento.
Ahora sólo queda Kevin, más le vale a Sandra alimentar bien a ese chicuelo.