Jorge López.

Marzo 28, 2009

Santiago

Filed under: relatos — Etiquetas: , , — Jorge López @ 9:04 am
El sonido de los autos en la calle nunca se detiene por completo. Siempre, más cerca, más lejos, está ahí esa imitación de oleaje en ocasiones silenciado por el sonido del caucho frenando de golpe en el rojo, o precediendo al impacto doloroso de un choque. Curiosamente rara vez se escuchan bocinas, mas sí sirenas de bomberos, ambulancias o policía, cuyas balizas se reflejan en las ventanas de edificio en edificio. 

Hay algo mágico en esa mezcla entre el sonido de las hojas de los plátanos orientales, del barrendero barriéndolas, de ventanas que se abren no sabes dónde, del mendigo pidiendo ayuda, del vozarrón del vendedor de diarios, del oleaje mecanizado, del murmullo initeligible de las voces que se cruzan y que nunca más verás y que a veces, sólo a veces, te preguntas si son de verdad o están sólo en tu mente.

La ciudad no duerme, dicen. Y es que si alguna vez durmiera sería una imagen de una tristeza sin comparación. Sería como si muriera, y esta ciudad es mi vida. 

Marzo 25, 2009

el gran escape

Filed under: personal, relatos — Etiquetas: , , , — Jorge López @ 10:13 pm

heading for the great escape,
heading for the rave,
heading for the permanent holiday

The Great Escape, Marillion.

Tiene catorce años, viene con su padre, y llega tras su tercer intento. El primero fue con pastillas, los otros dos con la soga. El último hace dos semanas, cuando fue descubierta por la madre antes que fuera demasiado tarde. Ese día el padre estaba de turno, pero hoy es la madre la que trabaja. Pronto descubro que la mirada confusa del hombre ante mis palabras es porque no sabe nada de lo que ha ocurrido, y recibe la noticia de una forma casi brutal, sin realmente entender, o al menos sin desearlo.

Tenía quince años, y éste fue su primer y único intento. Como es lo usual en los hombres, extremadamente efectivo. Despertó a las siete, y como todos los días, se duchó y se puso su uniforme escolar. Anudó la corbata con cuidado, repitió dos veces el nudo hasta lograr uno satisfactorio. Antes de tomar el desayuno salió un momento al patio, pero no volvió. Cuando su madre lo descubrió, colgaba ya inerte. Dejó una carta donde explicaba los meses de planificación y las culpas que debían sentir los padres por no haber percibido lo que pasaba.

Con ocho años es el concho de una familia donde sus hermanos tienen diecinueve y veintidós. Su madre hace una semana lo descubrió atándose una soga al cuello. Cuatro días después le nota su cuello irritado, y el niño reconoce que volvió a intentarlo. El informe psicológico habla de un transtorno ansioso, de una baja autoestima, y de una clara intencionalidad en sus acciones. Mientras lo leo, el niño juega con su auto de juguete, hace preguntas irrelevantes a la madre y ella a su vez intenta responder con el tono de sabiduría que toda madre busca mostrar a sus hijos, pero que al menos hoy fracasa rotundamente.

Solicito la hospitalización como medida cautelar y camino con el niño hacia la ambulancia, aparentando tranquilidad con el mismo éxito con que la madre aparenta sabiduría, tomándolo del hombro, acariciando su cabello liso, grueso, desordenado, mientras explico a la madre que debe estar tranquila, que las cosas estarán mejor, que su hijo estará bien. Es entonces cuando me cruzo con la madre del niño de quince, mientras espera a un colega con su hijo menor, hijo al que teme acercarse por temor a perderlo. Nuestras miradas se cruzan y pareciera generarse un tácito acuerdo de no saludarse, como si temiéramos generar daño en el otro, o como si ella percibiera qué es lo que ocurre con este niño que no quiere vivir.

Tras unos minutos en el lugar no queda nadie, pero en el aire queda esa gran tristeza que impregna todo a su paso.

(2007)

Blog de WordPress.com.