El sonido de los autos en la calle nunca se detiene por completo. Siempre, más cerca, más lejos, está ahí esa imitación de oleaje en ocasiones silenciado por el sonido del caucho frenando de golpe en el rojo, o precediendo al impacto doloroso de un choque. Curiosamente rara vez se escuchan bocinas, mas sí sirenas de bomberos, ambulancias o policía, cuyas balizas se reflejan en las ventanas de edificio en edificio.
Hay algo mágico en esa mezcla entre el sonido de las hojas de los plátanos orientales, del barrendero barriéndolas, de ventanas que se abren no sabes dónde, del mendigo pidiendo ayuda, del vozarrón del vendedor de diarios, del oleaje mecanizado, del murmullo initeligible de las voces que se cruzan y que nunca más verás y que a veces, sólo a veces, te preguntas si son de verdad o están sólo en tu mente.
La ciudad no duerme, dicen. Y es que si alguna vez durmiera sería una imagen de una tristeza sin comparación. Sería como si muriera, y esta ciudad es mi vida.
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El sonido incesante de los autos fue ciertamente la primera diferencia de cual me di cuenta, cuando me trasladé de Modesto (relativamente pequeño) a NYC — y pronto posteriormente, el olor ubicuo de los gases.
Tiene a Santiago las sirenas de alarma? Viviendo a Brooklyn lo encontré frecuentamente dificil a dormir a cause de las… Pero aún así amé vivir allí.
Comentario por The Modesto Kid — marzo 28, 2009 @ 3:48 pm
No se escuchan muchas sirenas de alarma de casas u oficinas, pero sí de autos estacionados, además de la ocasional ambulancia. Nada que logre alterar mi sueño eso sí.
Comentario por Jorge López — marzo 29, 2009 @ 8:26 am