Suenan insistentes bocinas, silbatinas y trompetas, liderados por un megáfono que brinda un discurso que consigue despertarme pero que no consigo descifrar. Me acerco tambaleante a la ventana, y ahí está una caravana de autos ornados con globos, con sus ventanas escritas con cal. Entre los autos van otros a pie, ¿menos afortunados? ¿más comprometidos? marchando con pancartas en ¿protesta? ¿celebración? ¿proselitismo político?
¿Qué hacen ellos este domingo a esta hora, mientras yo estiro lentamente mis brazos, busco mis pantuflas para dejar de sentir el frío de la baldosa del balcón, y pienso en mi boca amarga, en dónde habré dejado mis lentes, en qué hice anoche, en mi dolor de cabeza y en mis manos hinchadas?.
Mientras pienso en mis ligeras nauseas, en mi vista aún nublada, en -ahora ya más preocupado- dónde diablos están mis lentes, y en el agrado que sienten mis pies al sentir el calor de las pantuflas, tiendo a olvidar el alboroto de afuera, el que se olvida aún más cuando cierro la ventana y corro la cortina. Aún así mis ojos miopes me traicionan, mi resaca sólo pide bloquear todo posible rayo de sol, aplacar los ruidos, mi astenia sólo me invita a volver a la cama.
De pronto me extraño al sentirme violentamente estremecido: ¿es que acaso podré alguna vez sentirme parte de algo?