Una vez a solas con don Juan, hoy le dije que lo que él tenía no era una úlcera común y corriente. A continuación le pregunté si se le ocurría qué podría ser lo que le pasaba, y dijo no tener idea. Ahí le dije que el problema era el cáncer gástrico, pero que necesitabamos más exámenes para saber con claridad el estado actual. Me dijo que nunca se imaginó que podría tener cáncer.
No le dije que su familia ya sabía. Para qué generar tensiones cuando una familia está en crisis.
Pasan los días y don Juan está enojado, muy molesto conmigo. No entiendo muy bien el por qué en realidad, pero empieza a decirme que todo se le ha hecho demasiado lento, que a todos los otros pacientes se les hacen exámenes menos a él. Para mis adentros me da rabia: viejo de mierda, me saco la cresta para agilizar un estudio que ya se ha atrasado dos años. Le explico como son las cosas, qué es lo que falta, por qué no se ha hecho aún, que lograr realizar algunos de los exámenes resulta más lento que otros en el hospital, pero que sería más lento aún si estuviera en ambulatorio.
- Ok, quiero irme
- ¿Perdón?
- Me quiero ir a mi casa
- ¡Pero caballero, vamos a perder lo avanzado!
- Me da lo mismo. Me quiero ir, aquí me estoy volviendo loco, y voy a salir con más enfermedades que las que tenía. Yo tenía mi pierna medio mala y ahora voy a terminar con cáncer
- ¡Pero si usted tiene cáncer hace dos años!
- Me da lo mismo
Niveles de irracionalidad como ese sólo los había visto en una ocasión en una persona aparetemente cuerda y aún no senil: mi padre. Y cresta como me recuerda a mi papá este hombre. Personas con buen nivel cultural pero con una irresponsabilidad terrible hacia sus propios cuerpos.
- Don Juan, ¿usted entiende que lo que tiene es un cáncer que puede ya estar avanzado?
- Si
- Entonces, ¿cómo se quiere ir?, ¿cómo lo va a hacer en su casa para alimentarse? – cuando llegó había bajado 10 kilos pues lo vomitaba todo.
- Ahí me las arreglaré
- Bueno, si es lo que quiere me tiene que firmar la ficha y hasta aquí llegamos.
- Ok. Dígame dónde.
Y llega la familia, y empieza el show. Todos lloran, todos me piden que haga algo, que no se puede ir a la casa. Claro que quiero que se quede, no quiero que se muera en su casa sin ninguna ayuda, sin ningún plan de manejo aunque sea paliativo, pero el hospital no es una cárcel, y por cada enfermo hospitalizado hay muchos esperando esa misma cama y deseando un tratamiento que este hombre rechaza.
Tras una hora de tira y afloja, logro que se quede. Varias veces me dan ganas de mandarlo a la mismísima cresta, viejo irresponsable, cómo no se da cuenta de la tontería que quiere hacer. Pero me controlo, no se cómo pero lo hago. Me cuesta, porque veo en exactamente el mismo escenario a mi padre. Tozudo y mañoso. Enojón y rencoroso. Cabro chico taimado.
Al final convencí a don Juan. Era en ese entonces aún un interno de medicina. Ahora soy médico, ya no estoy en el hospital (y vaya que lo agradezco), pero situaciones como esta no dejo verlas una y otra vez. Y ahí está siempre ese temor espantoso de algunos a decir la verdad.
