Jorge López.

mayo 7, 2009

mi corazón

Archivado en: personal, relatos — Etiquetas: , , , , — Jorge López @ 11:09 pm

Mi corazón no miente. Late como pocos, se agita y se remece. Mi corazón duele. No es de medias tintas, se siente o no se siente, y cuando se siente el cuerpo sucumbe. Todo gira alrededor de mi corazón, incluso cuando pretendo esconderlo, cuando pretendo olvidar que está ahí latiendo más que lo que debiera, más que lo que quisiera: es imposible dejar de pensar en que está ahí.

Me asombra cada día al darme cuenta de que no puedo dejar de sentirlo, y que a veces lo que sientes llega a ser dolor cuando debiera ser tan sólo ese pulso continuo que te recuerda que estás vivo.

Oh, taquicardia paroxística, vaya si le das ritmo a mi vida.

marzo 25, 2009

el gran escape

Archivado en: personal, relatos — Etiquetas: , , , — Jorge López @ 10:13 pm

heading for the great escape,
heading for the rave,
heading for the permanent holiday

The Great Escape, Marillion.

Tiene catorce años, viene con su padre, y llega tras su tercer intento. El primero fue con pastillas, los otros dos con la soga. El último hace dos semanas, cuando fue descubierta por la madre antes que fuera demasiado tarde. Ese día el padre estaba de turno, pero hoy es la madre la que trabaja. Pronto descubro que la mirada confusa del hombre ante mis palabras es porque no sabe nada de lo que ha ocurrido, y recibe la noticia de una forma casi brutal, sin realmente entender, o al menos sin desearlo.

Tenía quince años, y éste fue su primer y único intento. Como es lo usual en los hombres, extremadamente efectivo. Despertó a las siete, y como todos los días, se duchó y se puso su uniforme escolar. Anudó la corbata con cuidado, repitió dos veces el nudo hasta lograr uno satisfactorio. Antes de tomar el desayuno salió un momento al patio, pero no volvió. Cuando su madre lo descubrió, colgaba ya inerte. Dejó una carta donde explicaba los meses de planificación y las culpas que debían sentir los padres por no haber percibido lo que pasaba.

Con ocho años es el concho de una familia donde sus hermanos tienen diecinueve y veintidós. Su madre hace una semana lo descubrió atándose una soga al cuello. Cuatro días después le nota su cuello irritado, y el niño reconoce que volvió a intentarlo. El informe psicológico habla de un transtorno ansioso, de una baja autoestima, y de una clara intencionalidad en sus acciones. Mientras lo leo, el niño juega con su auto de juguete, hace preguntas irrelevantes a la madre y ella a su vez intenta responder con el tono de sabiduría que toda madre busca mostrar a sus hijos, pero que al menos hoy fracasa rotundamente.

Solicito la hospitalización como medida cautelar y camino con el niño hacia la ambulancia, aparentando tranquilidad con el mismo éxito con que la madre aparenta sabiduría, tomándolo del hombro, acariciando su cabello liso, grueso, desordenado, mientras explico a la madre que debe estar tranquila, que las cosas estarán mejor, que su hijo estará bien. Es entonces cuando me cruzo con la madre del niño de quince, mientras espera a un colega con su hijo menor, hijo al que teme acercarse por temor a perderlo. Nuestras miradas se cruzan y pareciera generarse un tácito acuerdo de no saludarse, como si temiéramos generar daño en el otro, o como si ella percibiera qué es lo que ocurre con este niño que no quiere vivir.

Tras unos minutos en el lugar no queda nadie, pero en el aire queda esa gran tristeza que impregna todo a su paso.

(2007)

febrero 22, 2009

robar es natural

Archivado en: libros, personal, relatos — Etiquetas: , , , — Jorge López @ 8:00 am

Escribir es un hobby para mi. Un hobby que haría feliz a tiempo completo, tan sólo que si así fuera pasaría períodos prolongados de no hacer nada, si tomamos como parámetro mis niveles de creatividad actuales. En ocasiones la falta de inspiración es frustrante, y desespera pasar el tiempo frente al teclado o frente al papel, esperando por esa mágica primera frase que dará origen a todo, esa primera frase que captura todo lo que quiero decir. Bien lo dice J.M. Coetzee en los primeros dos parrafos de Elizabeth Costello:

En primer lugar está el problema del arranque, es decir, de cómo ir desde donde estamos ahora, y ahora mismo todavía no estamos en ninguna parte, hasta la orilla opuesta. Solo es cuestión de cruzar, de tender un puente. La gente soluciona problemas así todos los días.

Pongamos por caso que lo conseguimos, sea como fuere. Digamos que el puente ha sido construido y cruzado, y que podemos quitarnos el problema de encima. Hemos dejado atrás el territorio en el que estábamos. Y estamos al otro lado, que es donde queríamos estar.

 

En este texto, lamentablemente, aún no hemos llegado al otro lado, pero no pierdo las esperanzas de lograrlo. En mi día a día ciertamente lo logro hacer, lo que es crucial para que mi trabajo sea bien hecho. Pero ése es el trabajo, éste es el hobby. Y en el hobby tiene que surgir esa primera frase, y luego, lo que se ha de narrar debe ser atractivo, y esa atracción debe mantenerse durante todo el relato, que en mi caso será muy probablemente una historia breve que no puede permitirse un párrafo innecesario, como éste.

Entonces está el problema del arranque, luego está el problema del contenido, y al mismo tiempo surge el problema de dar con el personaje y con su lenguaje, lograr que el personaje logre una vida propia, y es entonces cuando me decido a robar directamente desde mi vida. Y aquí estoy, viendo un nuevo personaje, una nueva historia en cada persona en la calle, en cada frase de mis pacientes, en cada trivial encuentro social, inconscientemente diseccionándolos para ver qué robar. Veo a cada posible víctima de robo hacerse y deshacerse en su nueva realidad literaria con una velocidad que me asombra. Literalmente los veo derretirse en cosa de segundos. En ocasiones trato de conservarlos en su forma, mantenerlos congelados para que obedientemente luego vuelvan a la acción según mi voluntad, pero lamentablemente casi todos terminan derretidos en el período que pasa entre la inspiración y la transcripción. 

Entre semejante masacre de personas derretidas a veces puedo distinguir sus restos: a la seguidora de osho con insomnio y estrés todavía puedo distinguirle su huesuda complexión, de la anciana librepensadora con traje en combinación de fucsias por supuesto que queda esa sensual ausencia de párpado inferior del ojo derecho y misteriosamente aún es capaz de hablar en su forma muy particular. Pero si de sorpresas se trata ahí está el oficinista de turnos nocturnos que se mantiene curiosamente íntegro, pero en un ambiente de mantequilla, mas no pierdo las esperanzas de que conozca al guardia del edificio del que sólo conservé su linterna. Es tan sólo cosa de tiempo para dar ese gran golpe y eliminar toda evidencia de mi pequeño robo.

septiembre 1, 2008

nota mental

Archivado en: personal — Etiquetas: , , — Jorge López @ 12:10 am

Preguntándome en estos momentos si acaso no habrá alguien que haya escrito y publicado acerca del valor del emoticon dentro de la comunicación actual, tras ver lo ridículos y falsos que se ven los ja jas y los je jes dentro de una entrevista en un diario.

(por lo menos suena a un excelente proyecto de tesis)

agosto 20, 2008

colecciones

Archivado en: libros, personal — Etiquetas: , , , — Jorge López @ 7:50 pm

Voy en el metro y frente a mí va una niña con su cartera. La abre y saca su colección de láminas, que parecen ser autoadhesivas, todas de perros. No de gatos ni canarios, sólo perros. Los bordes están en su mayoría desgastados, y el fajo de láminas en sí mismas en desorden, asomando entremedio monedas de 1 y 5 pesos, que son con prontitud descartadas y caen al piso en un sonido tan ínfimo frente al del metro en marcha que no se escucha, ni orientan respecto a donde han ido a parar. Revisa las láminas sin mostrar mayor interés, rápido, pero sin perderlas de vista. Pronto me doy cuenta que lo que hace es sacar aquellas que tiene repetidas, y se las pasa al padre. Pronto el padre tiene un número no menor de láminas, y si pudieramos saber lo que piensa seguramente estaría pensando en qué hacer con las láminas, si las puede botar o si no se verán bien pegadas en la ventana del vagón. No pareciera ser un hombre muy aficionado a semejante tipo de colecciones, le estorban en sus manos cansadas. La niña en cambio sonríe cuando se da cuenta que pese a tantas láminas repetidas, por fin las tiene todas tras ese intercambio con su compañera de curso.

Hace años leí un libro, La Gran Colección. Intentar recordar el autor sería un esfuerzo en vano, y no recuerdo mayor cosa del texto, pero sí que fue de los primeros libros que leí por decisión propia, escarbando en la gran biblioteca de la casa, por cierto gran en cantidad, mas no necesariamente en calidad. En ese mismo tiempo también encontré Crimen y Castigo de Dostoievsky, un libro que dejó huellas profundas y cambió mi forma de entender la literatura, la que nunca más fue mera diversión. La Gran Colección no hizo eso, y probablemente si lo leyera hoy lo descartaría como otro best seller más. No buscaré el libro para salir de la duda (lo que no es realmente cierto, no lo buscaré porque tras la reciente mudanza si bien no lo busqué, tampoco apareció). Por otro lado, buscar por internet un libro con un nombre así sería una experiencia suficientemente tediosa como para siquiera intentarlo, y para demostrarlo lo busqué, encontrando grandes colecciones en miles de agobiantes resultados.

Lo que si tenía ese libro era un surrealismo exquisito, o al menos lo suficiente como para cautivar a un jovencito inexperto en todas las artes como lo era yo. Un hombre, en medio de la nada, encuentra una enorme colección. ¿De qué? si mal no recuerdo era algo así como la bodega de un museo de historia natural. No recuerdo bien si además había arte. Puede que si. Si, de hecho lo había. El final no lo recuerdo, pero puedo inferir que un día la colección desapareció tan súbitamente como aparecío. Así son las cosas en la vida, no siempre tan mágicas, pero más seguido de lo que quisieramos creer tanto o más surrealistas.

Colecciones. Libros, música, monedas, estampillas, personas, cosas, cosas, ese afan por poseer es tan humano. Acaso una necesidad de plasmar de alguna manera lo que somos. Acaso lo que desearíamos ser.

Y ese padre no tiene interés alguno en ser un perrito autoadhesivo.

julio 22, 2008

incoherencias

Archivado en: música, personal — Etiquetas: , — Jorge López @ 9:26 pm

Peter Hammill es todo un desconocido para las masas, e incluso para las inmensas minorías. Si dijera que es el líder de Van Der Graaf Generator tampoco aportaría mucho, menos si mencionara que ya lleva más de 40 álbumes en su carrera, y que las únicas veces en que ha aparecido en discos de esos que venden millones ha sido cuando ha colaborado en canciones de Peter Gabriel. Todo esto son sólo palabras que no significan nada a quienes me lean. Para mi hablar de Peter Hammill es hablar de un genio incomprendido (incluso por mi, he de admitir), para el resto es otro tipo desconocido más.

Pues bien, Hammill en 2004 edita un disco llamado Incoherence. Una pieza musical continua donde explora la forma en que el lenguaje nos disocia y transforma lo que queremos decir en otra cosa, en incoherencias.

O como él dice:

And when language corrodes
all our faculties falter and blur.
Nobody knows how our tongues got so swollen and furred.
What truths are there left to be told
when we’re all lost for words?

Siempre he leído que el desarrollo del lenguaje fue fundamental para el desarrollo del pensamiento abstracto, y que a mayor desarrollo del lenguaje logramos una mayor cultura, inteligencia y capacidad de relacionarnos con el entorno, siendo justamente la falta de desarrollo del lenguaje un elemento claro que podemos ver en los sectores socialmente más complejos (léase flaites).

A pesar de ello, no dejo de pensar de que Hammill algo de razón tiene. El lenguaje nos une, pero muchas otras veces sólo mantiene diplomáticamente las distancias, permitiendo un idioma común para millones de mentes que ciertamente funcionan de manera muy heterogénea.

Me gusta el silencio. Me gusta caminar en silencio, observar a quien está a mi lado sin decir nada, tratar de que las voces en mi cabeza se callen y quede la esencia. Me gustaría estudiar el lenguaje oculto en los gestos, sistema más puro que el de las palabras.

Después de todo, las palabras se gastan, cansan, dejan de significar, o cambian su significado según la ocasión. Tan fácilmente nos acostumbramos a decirlas hasta olvidar por qué las decimos. Cómo pierde el significado lo dicho, cómo se hace agua y luego se desvanece tan sólo por repetirlo. No sería mejor acaso decirlo una vez y luego no volver a manosearlo, con tal de que conservar ese brillo inicial, con tal de no darte cuenta un día que ya no sabes de lo que estás hablando.

¿Cuántas buenos días, cuántos cómo estás, cuántos bien decimos y escuchamos diariamente? ¿Cuántos te quiero, cuántos te amo hemos dicho sin estar seguros de lo que sentimos? La ultimachupádelmate. ¿Cuál es el porcentaje de usuarios de esa frase que realmente han tomado mate? y de esos, ¿quienes guardan algún recuerdo claro de esa última chupada al mate? a mí lo que se me viene a la mente en cambio es el sabor metálico de la bombilla. No es exactamente en eso en lo que debiera estar pensando, o sí?

Pese a todo lo anterior, no me queda más que escribir. Qué más puedo hacer.

Palabras, palabras, palabras.
Yada, yada, yada.

julio 8, 2008

ochenta

Archivado en: personal, relatos — Etiquetas: , , — Jorge López @ 9:46 pm

Mayo de 2007. Una mujer de unos ochenta años llega de urgencia, lleva varios días con dolor abdominal, nauseas y vómitos, apenas y ha podido comer algo. Algo deshidratada, desde hoy febril.

Decido enviarla al hospital, donde fallece esa noche.

Cinco días después un anciano en sus ochentas llega a consultar. Le duele la espalda, le duele la cabeza, dice no dormir muy bien. Su espalda contracturada, su presión arterial por las nubes.

-Doctor, usted vio a mi señora el otro día.
-¿Ah si? ¿Cómo se llama?

Al escuchar el nombre pude entender mejor. Un cierto sentimiento de culpa se apoderó de mi, culpas no sólo mías, sino de todo un equipo que quizás no detectó cosas a tiempo. Una sensación culposa por cierto injustificada, pero no por ello menos real. Darse cuenta de que este hombre está aquí no tanto por el insomnio, ni por el dolor, sino más bien buscando una explicación, algo que permita un consuelo, o quizás tan sólo un desahogo. Y entonces las preguntas ¿Confía en mi? ¿Confiaría yo en mi estando en su situación? ¿Qué espera de mi?

Perder de pronto aquello que pensaste que siempre tendrías, aquello que ya era parte de ti. ¿Podría yo acaso?

Enero de 2008. Más de seis meses después lo veo en la sala de espera. Revisando la ficha me entero que en septiembre intentó suicidarse, se tomó todas las pastillas que encontró. Pero ya no haría esa tontera oiga, no pues.

Hace quince días murió su hermano, una trombosis, dice. Está triste. Pero sé que es la vida, sabe, ahora veo las cosas de otra forma. Tengo un nieto que crié como un hijo, no quise que el que dejó embarazada a mi hija lo reconociera. Quiero que termine los estudios, quiero estar sano para eso. Ahora no veo mucho, me operaron hace poco de la vista, particular me lo hice pues, si en el hospital no tenía para cuando. Ahora el treinta y uno tengo control con el doctor, a ver si me saca los puntos, me dijo que no podía hacer esfuerzos, así que no he trabajado nada, pero yo no estoy habituado a estar así pues. Trabajamos harto con mi vieja, ahorrábamos nuestros pesitos y ahora por eso estoy tranquilo, le dimos educación a los hijos, pero quiero trabajar.

Uno de sus hijos quiere internarlo en una clínica para hacerle exámenes. Pero yo soy así como me ve pues, soy un hombre de campo, no me gusta vestirme bien y usted sabe, uno tiene sus maneras. Qué voy a ir allá donde esa gente bonita, si uno tiene que estar donde le corresponde. Ahí estaría jugoseando nomás, como dice el nieto.

Y lo veo sonreír.

Es una sonrisa pura, transparente, que sólo puede surgir cuando el dolor ha cedido. Una sonrisa que envidio.

junio 23, 2008

ser paciente

Archivado en: personal, relatos — Etiquetas: , — Jorge López @ 12:13 am

Un leve dolorcito de cabeza de transformó rápidamente en una crisis de cefalea que no logro manejar. Me autoaplico mi escala del dolor, del uno al diez, ¿cuánto me duele? me duele diez, y de nuevo diez tras una hora y llega el momento en que me doy cuenta de que ya estoy fuera de mi propio alcance y que ya es hora de usar la isapre, ver qué tan bien se porta la super cobertura en el servicio de urgencias.

Entonces vienen las preguntas de rigor, que respondo tan bien como puedo, y si bien lo que menos quiero es hablar, noto que yo me habría hecho más preguntas, y prefiero decir -no sin antes pensar en no hacerlo- que siento parestesias en las manos (esas mismas que mis pacientes no creen que se pueden producir en ocasiones como éstas y que no, no necesitan un escaner de urgencia), no vaya a ser que luego algo ocurra y me digan pero cómo no lo dijo. Y entonces el examen físico, y las pruebas de pequeña paresia que me siento ridículo al realizar, y el examen cardiaco, que el médico de turno sabe muy bien que estará bien, pero que nunca sabes cuando podría no estarlo asi que mejor lo hacemos.

Por más que intento bloquear el hecho de que sea médico, resulta imposible intentar ser un mero paciente. Me asombro al darme cuenta de que existe una gran diferencia. Quieralo o no, pertenezco a un grupo cuyos conocimientos se guardan más o menos herméticos en cada uno de nosotros, tras 7 o más años en una facultad de medicina, y que ya quedé marcado por ellos y no habrá vuelta atrás a una apacible ignorancia. Cuando me pasa algo se al menos parcialmente de qué se trata, entiendo los tiempos, entiendo lo que me están preguntando y para qué me lo preguntan. Soy capaz de asociar una molestia con la otra y no entrar en pánico pensando que moriré, y mi atención entonces se concentra en dejarle bien clara la historia al colega para que no se le vaya a ocurrir pensar que tengo un tumor cerebral o una terrible hemorragia intracerebral.

¿Pues ya estoy bien, cierto?
(no vamos a pensar ahora entonces por qué estoy sintiendo de nuevo ese latido en las sienes)

junio 7, 2008

sábado

Archivado en: personal, relatos — Etiquetas: — Jorge López @ 8:24 pm

Dedicar el día a estudiar no suena a un gran panorama, pero si te logras enfocar en tu futuro y en tus necesidades, realmente lo es. Especialmente considerando la alternativa, haber estado en la cama dormitando o escuchando música, o navegando por internet. Seguramente habría vuelto a los sitios de siempre (all music guide, all movie guide, wikipedia, bloglines, skyscrapercity) y el día habría transcurrido sin novedad. Cierto, podría haber aprovechado el día soleado y bastante diafano para caminar por el barrio, pero estando algo resfriado habría preferido quedarme en casa de todas formas.

Pero hoy es un día distinto y tengo a mi Firefox beta 3 sufriendo. En realidad no, está muy bien, manejando muy bien las 8 ventanas abiertas con distintas revisiones de tópicos médicos obtenidos de MD Consult, un servicio -pagado- que me brinda acceso a una amplia bibliografía online, incluyendo libros y revistas. El problema es cómo lograr enfocarme en un sólo tema cuando hay tantos temas que me gustaría revisar. De hecho, en estos momentos reviso tópicos tan variados como las micosis superficiales, actualizaciones en el manejo de la diabetes mellitus tipo 2, guía de manejo de hiperbilirrubinemia en recién nacidos, y las últimas novedades en las principales revistas médicas (New England Journal of Medicine, The Lancet, British Medical Journal, Pediatrics).

El problema es que no puedo dejar de pensar en música y así es como ya me ha acompañado el DVD Toward the Within de Dead Can Dance, y ahora In View – The Best of R.E.M. (que no incluye Bang and Blame, muy a mi pesar). Y mientras tanto ahí están las ventanas de Windows Live Messenger y Google Talk, las miro cada cierto rato -no sería malo conversar un rato con alguien- y pienso cada cierto rato por qué no he usado últimamente el práctico Pidgin, que reune en un sólo programa cuánto servicio de mensajería que se me pueda llegar a ocurrir tener.

Ahora hace frío, y también un poco de sueño (el café que acabo de tomar pareciera no haber sido muy útil), y pienso en cómo poder hacerlo para conjugar tantas cosas a la vez. Pienso en que ya me estoy perdiendo la primera jornada de Santiago Fusión en el Teatro Oriente y en las ganas de avanzar con Ensayo sobre la Lucidez, para luego poder seguir con La Caverna, ambos libros de José Saramago. Eso mientras quisiera poder volver a leer Diario de un Mal Año de Coetzee, un libro que llegó a mis manos en un año bastante adecuado.

De pronto recuerdo que también quiero agregar nuevas aplicaciones médicas a mi Treo, y en que debiera hacer algunos memos de lo que he estado estudiando, pequeños tips que es importante no olvidar. Y todo esto antes de que lleguen mis padrinos, que pese a que ya no soy un niño (aunque lo pueda parecer ahora que me he afeitado) siempre llegan con un regalo para su ahijado querido.

Hmm. Quizás deba dejar algunas cosas para mañana.

mayo 14, 2006

Comienzo

Archivado en: personal — Jorge López @ 9:55 pm

Tanto que decir y tan poco tiempo para hacerlo. Tantos rodeos para llegar al mismo punto. Tras un buen tiempo de jugar con la idea, por fin me decido y comienza este espacio. En una de esas y se transforma en un lugar visitado, por qué no?

En fin, este post no tiene más sentido que el de dar el vamos, cortar la cinta digital y lanzarse a la vida.

Bienvenidos.

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