Jorge López.

marzo 5, 2011

febrero 28, 2011

febrero 26, 2011

febrero 10, 2011

monólogos (i): los comunistas somos así

Archivado en: relatos — Etiquetas: , , , , , — Jorge López @ 10:07 pm

Sabe usted que yo no le he trabajado un día a nadie. Claro, si yo soy comunista, así somos nosotros. Yo estuve muchos años en el exilio, y me pagaban todo, en Venezuela, luego en Francia -nunca quise aprender Francés para que no me hicieran trabajar-, luego en Australia. Ahí sí que aprendí el idioma, pero porque conocí a una australiana, preciosa ella, todas sus cositas en su lugar, sabe, además buena para bueno, usted sabe, para el sexo. Si yo gorrié como quise a mi señora que se quedó aquí en Chile. Buena mujer, pero uno es hombre pues, tiene necesidades. Y me lo perdonó todo sabe, cuando llegué a Chile sin un cinco, con lo puesto, si la australiana me echó en cuanto supo que yo tenía señora, y ya acá Pinochet ya se había ido, así que no tenía nada más que hacer afuera. Cuando volví ella no me preguntó nada tampoco, pero igual se las reconocí todas, le conté todos los nombres, cada chiquilla que tuve, todas las canitas al aire, y es que ¿cómo no le iba a contar? Esa mujer es una santa, aunque se supone que nosotros los comunistas no creemos en eso, pero usted sabe, la señora ya es mayor, ya no me consiente en esas cosas, se queja mucho, así que me esfuerzo por seguir fiel. Dicen que los ginecólogos les pueden dar cosas para eso, ¿qué opina usted? a mi ya me dice que esas son cosas de jóvenes, pero yo creo que se puede.

Así que los comunistas somos una manga de flojos fíjese. Yo a mis años me doy cuenta de eso, pero para qué cambiar, y menos teniendo toda la salud gratis, que es lo que a mis años da más gastos, y más encima que mis hijos, que ganan harta plata en Estados Unidos, me depositan todos los meses unas buenas lucas, así que moriré de pulmones vírgenes nomás.

Oiga lindo reloj, ¿le gustan los relojes? mire, vendo barato unos bien elegantes, me los trae mi hijo, trabaja en una línea aérea, siempre se pierden en los aviones, igual que los lápices, le voy a traer uno de regalo. Mi señora le dice que no haga estas cosas, que lo pueden despedir, pero qué tanto, si todos robamos un poco, un poco no se nota.

noviembre 26, 2010

la casa

Archivado en: personal, relatos — Etiquetas: , , , — Jorge López @ 6:23 pm

Viví en esta casa desde los 5 años. 23 años de mi vida, fueron íntegramente pasados en esta casa de los suburbios floridanos en la que ahora puedes sentir el eco en las habitaciones vacías. Vacía la casa se siente inhóspita, fría. Vacía no es mi casa. Tampoco será la casa de nadie. Su fino diseño arquitectónico será pronto parte del pasado cuando sea demolida para construirse en su lugar desabrido edificio corporativo de 3 pisos.

Sin los muebles, sin los cuadros, se puede ver cómo la pintura está manchada, sucia. Hay telarañas tras la biblioteca, marcas de manos cerca de los interruptores. Siento vergüenza de pensar que pude vivir rodeado de esos muros. Los gatos, nerviosos, no encuentran la cama donde echarse, no encuentran a sus dueños, no encuentran las sillas del comedor donde siempre creían estar escondidos. Encuentran una caja aún sin sellar y por unos momentos hallan algo de confort ahí.

Tiempo atrás, cinco meses, cuando comienzan las gestiones de venta. Camino un día de noche por la casa oscura, prendiendo y apagando luces a medida que paso por los lugares, y recuerdo. Recuerdo el miedo que sentía cada vez que cruzaba ese hall vidriado que me llevaba a la cocina. Recuerdo el árbol de navidad cada año instalado en medio de las plantas del jardín interior. Recuerdo mi primera fiesta de cumpleaños en ¿quinto, sexto? básico, los niños en un lado, las niñas en otro, nerviosos porque teníamos que sacarlas a bailar, pero el más nervioso era yo, pues era el que tenía que ser el primero en partir. Recuerdo los almuerzos familiares con mis abuelos, en que siempre terminábamos animadamente hablando cosas sin sentido por el mero afán de hacerlo, y a mi abuela sin entender el gusto familiar por semejante técnica de conversación.

Recuerdo la hamaca entre el nogal y el limonero, mirando la gran jaula de pájaros, mientras por el suelo corrían los cobayos. Recuerdo la eterna promesa infantil de una gran piscina en el patio al que dan los dormitorios. Recuerdo la noche en que con mi hermano decidimos irnos a acampar al patio sin avisar a mamá, y tamaña conmoción que generamos.

Y lloré, sintiendo la amargura de tener que dejar atrás lo que es tuyo, de que todo se transforme tan sólo en recuerdos.

Vuelta al presente. Esta casa es tan sólo una caja vacía. Una hermosa caja vacía, una caja llena de recovecos. Y así como está es una caja que ahora sólo asocio a un último par de años tristes que espero dejar atrás.

Mayo, 2008

noviembre 25, 2010

la plaza

Archivado en: personal, relatos — Etiquetas: , , , — Jorge López @ 1:28 am

Manejo a casa por el camino regular. Ya pasó medianoche y el movimiento es escaso, en una noche de verano que en realidad invita a caminar más que a conducir. En el camino hay una plaza, la plaza del barrio donde viví hasta los 5 años. Paso de largo al igual que todas las veces que conduzco por ahí, pero de pronto, casi sin pensarlo, decido virar en U.

Doy la vuelta a la plaza y me estaciono por el lado del frente, por donde nunca anduve. Camino alrededor, intentando hacer coincidir los recuerdos de un niño con la realidad. Más de veinte años sin andar por aquí y la sensación es extraña. Pareciera que ahora hay menos árboles, o quizás menos frondosos. El nombre de la plaza también ha cambiado, ahora tiene 7 días más del mismo mes de Septiembre, para hacerla políticamente más correcta.

Mientras la recorro recuerdo que éste era mi gran jardín, donde jugaba al la escondida, a la mímica y donde me caí desde esa gigantesca araña metálica al suelo. Recuerdo esa igualmente gigantesca herida en mi rodilla, y cómo es que mamá dijo que esa herida era para ponerle puntos. Recuerdo cuando le dije a un carabinero que por qué no pintaban el paso de cebra que había fuera de mi casa, y recuerdo también cuando me respondió que no había dinero para hacerlo. Recuerdo las noches con fogatas, pasamontañas y neumáticos quemados, y como miraba a través de las persianas y me decían que me acostara, que esa era gente mala. Recuerdo el atropello de mi madre el día de su aniversario de matrimonio en la misma esquina de las fogatas, y cómo ella me dijo que no necesitaba nada cuando fui a verla a su cama después del accidente. Recuerdo a mis vecinos evangélicos y el lápiz Kilométrico que una vez me regalaron. Recuerdo la piraña embalsamada que había en la carnicería y el miedo que me daba pasar cerca. Recuerdo cuando le sacaba las alas a las chinitas y recuerdo el terremoto cuando salió todo el vecindario y se quedó en la vereda, mientras el edificio se tambaleaba y las señoras entraban en crisis de pánico.

Pasaron los años, las cosas dejaron de ser tan sencillas, y es difícil no añorar los días en que no tenía nada más que hacer era cruzar ese borrado paso de cebra para  jugar en la plaza.

Enero, 2007

noviembre 13, 2010

todo ocurrió en Providencia

Archivado en: personal, relatos — Etiquetas: , , , , , — Jorge López @ 3:16 pm

Vagón del Metro, estación Manuel Montt. Una anciana busca con dificultad bajarse, sin lograr apoyarse en ningún lado. Viene el freno y la mujer se ve abalanzada hacia mi. La sujeto, le doy mi mano. Sujetese nomás, le digo. Toma mi mano con firmeza, me sonríe. Gracias, es usted muy amable. La mantengo firme y la ayudo a avanzar hasta que logra quedar en la salida. Me repite su agradecimiento. Que tenga un buen día, le digo. Usted también, joven.
El evento habría sido sólo eso, un evento del día, si no fuera por una voz -seria, reprochadora- dentro del vagón al momento de cerrarse las puertas.
- Se pasó pa’ fresca la señora.

Guardia Vieja esquina 11 de Septiembre. Semáforo en rojo y varios peatones esperamos a cruzar. Voy con audífonos en los oídos, algo aislado del mundo. En esos segundos de silencio entre el final de una canción y el comienzo de otra logro escuchar un segmento de una conversación entre lo que podría ser madre e hija:
- Era el típico olor a pobre, pues!

Típico olor a pobre. Me duele y me impacta, pero me impacta más al ver el reflejo en mi, que he pensado también en ese olor como “a pobre” para darme cuenta, avergonzado y trabajando con gente pobre, que no tiene nada que ver con la pobreza.

Sigo en Providencia, Galería Drugstore, una de aquellas tiendas de diseño con precios nada de módicos. Una de las clientas le dice a la vendedora:
- Tu sabes, tengo que coordinarme tanto para venir para acá, vengo de arriba, de La Dehesa, yo no bajo nunca…
Mi salida de la tienda fue automática.

Cae la noche en un día lluvioso. Un hombre en el suelo, un ebrio, un mendigo seguramente, resguardado al amparo del alero del Portal Lyon. No es raro encontrarlos por ahí. Hoy hace frío, y él no está aún cubierto por los habituales cartones. Avanzo un par de metros más y siento el olor a vino derramado. Seguramente bebió hasta no poder levantarse. Pero no es el habitual vino de caja. Los vidrios están esparcidos por la vereda, camino con precaución de no pisarlos. ¿Lanzó la botella antes de terminar los últimos tragos? ¿alguien rompió la botella sobre él? No veo sangre, se ve conciente, sentado, no parece mal herido, no le pregunto nada, sigo adelante, no me involucro.

Soy tan culpable como todos, solo pienso en no seguir mojándome, en las cuadras restantes para llegar a casa, en si quizás el McDonalds en el camino esté aún abierto.

¿En qué minuto perdimos la verdadera solidaridad, el entendimiento, nos segregamos tan groseramente? ¿En qué minuto llegamos a ser esto?

septiembre 25, 2010

la caravana

Archivado en: relatos — Etiquetas: , — Jorge López @ 3:58 pm

Suenan insistentes bocinas, silbatinas y trompetas, liderados por un megáfono que brinda un discurso que consigue despertarme pero que no consigo descifrar. Me acerco tambaleante a la ventana, y ahí está una caravana de autos ornados con globos, con sus ventanas escritas con cal. Entre los autos van otros a pie, ¿menos afortunados? ¿más comprometidos? marchando con pancartas en ¿protesta? ¿celebración? ¿proselitismo político?

¿Qué hacen ellos este domingo a esta hora, mientras yo estiro lentamente mis brazos, busco mis pantuflas para dejar de sentir el frío de la baldosa del balcón, y pienso en mi boca amarga, en dónde habré dejado mis lentes, en qué hice anoche, en mi dolor de cabeza y en mis manos hinchadas?.

Mientras pienso en mis ligeras nauseas, en mi vista aún nublada, en -ahora ya más preocupado- dónde diablos están mis lentes, y en el agrado que sienten mis pies al sentir el calor de las pantuflas, tiendo a olvidar el alboroto de afuera, el que se olvida aún más cuando cierro la ventana y corro la cortina. Aún así mis ojos miopes me traicionan, mi resaca sólo pide bloquear todo posible rayo de sol, aplacar los ruidos, mi astenia sólo me invita a volver a la cama.

De pronto me extraño al sentirme violentamente estremecido: ¿es que acaso podré alguna vez sentirme parte de algo?

julio 13, 2010

no lloro por ti

Archivado en: relatos — Etiquetas: , , — Jorge López @ 12:13 am
Es que no lo entiendes, yo no lloro de pena. No es porque discutimos, te estoy diciendo que no, no te hagas el importante, ahora lloro de frío. Es el frío el que me hace llorar, no estoy triste, no lo entiendes. Es que soy sensible al hielo, siempre lo he sido.

Recuerdo tus palabras mientras camino esta mañana en que los pronósticos aciertan en la helada y siento mi cara entumecida, mis manos congeladas, pero más importante aún, una absoluta incapacidad de llorar con este frío. El recordar todo lo que no fuimos no me hace brotar más que angustia y dolor, mas mis ojos se muestran tozudamente incapaces de humedecerse.

Y te recuerdo llorando, jamás llorando por mi, sólo por el frío. Y ahora, sólo ahora, bajo cero, soy capaz por fin de no llorar por ti.

mayo 30, 2010

fatiga de material

Archivado en: relatos — Etiquetas: , , , — Jorge López @ 6:31 pm

Simplemente cedió. Fatiga de material, inexorable paso del tiempo, peso excesivo, o tal vez sencillo desequilibrio, de un momento a otro se fue al suelo en un casi poético desplome que vió a su pesado cuerpo aterrizar en el asfalto, al tiempo que mi auto circulaba por las lindas calles de tu barrio. Las normas del buen ciudadano son las que me hacen decir casi antes de poético, pues con toda honestidad la caída no pudo tener una mejor puesta en escena: El impacto con el suelo fue brutal, cinematográfico, seguido por un suave deslizamiento por la pendiente algo abrupta del lugar, mientras otra caída, la de su bolsa de las compras del día, ocurría en un ángulo oculto, pero ahora se manifiesta por el ruedo de dos rojos tomates que terminan su camino un par de metros calle abajo.

No son maneras de terminar, está claro. Golpeada en el suelo, transpirada ante el inclemente calor del verano, desamparada, sola. Frágil, débil, gorda, sola.

Lentamente paso de largo, mirando por mi espejo retrovisor, sin perder momento alguno del espectáculo, mientras pienso de qué material estoy hecho yo.

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