Jorge López.

marzo 5, 2011

enero 19, 2010

gonalgia

Archivado en: relatos — Etiquetas: , , , , , — Jorge López @ 11:19 pm

Es el hombre a cargo de una pequeña posición de poder donde alguien ostenta más poder, pero que promete futuros mayores porcentajes. Un futuro posible si tan sólo pudiera vencer al dolor.

El dolor de la rodilla izquierda era demasiadas veces insoportable. No tanto por la intensidad, sino más bien por su constancia. Ahí estaba, cada día al despertar, y luego un poco más al ponerse en pie. Estaba en la escalinata del edificio y especialmente al presionar el embrague.

No recordaba bien cuándo había comenzado, pero a veces lo asociaba a su auto nuevo, al fruto del esfuerzo, a su primera gran compra que no requirió interminables cuotas. Mas quién era él para saberlo a ciencia cierta.

Si tan sólo pudiera pensar con claridad, pero su mente estaba nublada. Cada nueva decisión en los últimos meses pasaba continuamente por su rodilla. Un desvío que lo tornaba lento, torpe, inseguro, gris, irritable.

En algún momento pensó que podría hacer algo. Visitó especialistas, realizó todo examen solicitado, recibió terapias, tradicionales y también alternativas, hasta que su médico declaró hoy la batalla perdida.

Batalla perdida. Duras palabras que nunca esperó. Y ahora un vaso de whisky en la mano, la mirada nublada busca sus lentes, Spiegel im Spiegel suena desde el living, y la derrota nunca se sintió tan triste.

julio 27, 2009

objetos personales

Archivado en: relatos — Etiquetas: , , , , — Jorge López @ 10:57 am

Es algo tan íntimo, pudoroso, tan intensamente personal que es difícil hablar de ello, mas debo, y es que hay algo mío que aún está contigo. Es mi cepillo de dientes, ahora un extraño, un emisario incómodo en tierras enemigas. Se quedó ahí una noche, en un tácito acuerdo de compañía y compromiso. De pronto, o más bien de a poco, la compañía y el compromiso se desvanecen, y ahí quedaste, oh, cepillo, abandonado a tu suerte, compartiendo con otros como tú, pero con quienes mantienes tanta distancia como te lo permite aquel vaso que comparten con esa estrujada pasta de dientes.

¿Qué será de tí? ¿Estarás aún en tu última morada conocida, ese rincón junto al lavamanos? ¿Cuál será tu destino? ¿un muy probable basurero, un reciclaje a escobilla multiusos, pertenecer, oh no, a una inescrupulosa nueva boca, un espacio en un panteón de trofeos de guerra, o una dudosa e innecesaria llamada de devolución?

Oh, valiente cepillo, tú no lo sabes, pero en tu soledad eres algo único: el único testigo de que una vez hubo algo. Y así, de pronto, te conviertes así ya no en sólo un cepillo, sino que en otro indicador de nuestro fracaso. Lo bueno es que te compré en un pack de 3, y es así como hoy te digo adiós.

abril 6, 2009

Etiquetas de lavado

Archivado en: relatos — Etiquetas: , , , — Jorge López @ 12:55 am
Etiquetas de Lavado, ese práctico link en la subcarpeta varios de mi barra de marcadores, fue todo lo que me dejaste, el único rastro que quedó de nuestra difícilmente comprobable existencia, del inicio de una linda historia que no fue. Me olvidaste rápido, me bloqueaste en messenger, me borraste de facebook, y seguro que ya enseñaste a otro a lavar. 
Pero yo nunca te olvidaré, cómo podría: Nunca más he vuelto a desteñir mi ropa, aunque sigo necesitando algunos datos sobre el planchado. ¿Acaso podrías darme otra oportunidad?

febrero 5, 2009

bodas de oro

Archivado en: relatos — Etiquetas: , , , — Jorge López @ 8:44 pm
Lo tenía todo decidido desde antes. Guardó más temprano que lo habitual los aviones de alambre que vendía en la calle y marchó rumbo a su casa. ¿Vieja, estás lista?, preguntó al momento de entrar a la casa. Casi lista viejo, respondió la temblorosa voz de la anciana, al tiempo que salía del baño con su traje de pantalón blanco y blusa negra con lunares. El viejo entonces entró raudo al baño, ¿me tienes la ropa lista?, Claro viejo, colgada en la puerta, ¿la viste? Si, si, ya la ví. Se sacó su transpirada camisa, mojó la toalla y la pasó por su cara y luego sus axilas. Con cierta dificultad sacó sus pantalones y se colocó los de su traje negro, de fina factura pero ya gastado por el paso de los años. No dio importancia al gastado cuello de su camisa, anudó su corbata y salió del baño. Ella completó su atuendo con un sombrero de ala larga en diagonal y lentes de sol de carey hexagonales que cubrían la mitad de su cara, él acomodó su corbata y se puso su chaqueta y juntos salieron de la casa y subieron al viejo Opala café estacionado en la calle.   

Y en el viejo Opala partieron, zigzagueando por la calle los dos ancianos, sonriendo tomados de la mano. Apagaron sus audífonos ante los constantes bocinazos de los autos a los que constantemente casi chocaban en su ondulado paseo, y así ninguno de los dos escuchó cuando el otro dijo Ya es hora, y el viejo sonrió, aceleró frente a la luz roja, y agradeció a sus osteoporóticos huesos y a su viejo auto sin airbag al momento de recibir el súbito y demoledor impacto del bus.

diciembre 9, 2008

el método de Sandra

Archivado en: relatos — Etiquetas: , , — Jorge López @ 11:34 pm

Cada dos semanas, Sandra metódicamente lo medía. Estatura y largo de brazos, tabulados en forma ordenada en el reverso de su cuaderno de matemáticas. La experiencia le había demostrado que no hacía falta hacerlo más que una vez al mes, no habían diferencias significativas entre día y día, ni tampoco de semana a semana, pero aún así prefería mantener su ritmo bisemanal. En ocasiones se sorprendió notando que medía menos que la vez anterior, y luego de la sorpresa inicial se bofeteaba la cara por haberlo medido mal, está más que claro que los niños no se encogen. Nunca lo pesaba, no por falta de pesa -había una en el baño, en la que el niño se medía por su cuenta y registraba a escondidas-, sino por hallarlo innecesario. 

No hay plazo que no se cumpla y así llegó el día de Juan, pues así se llamaba el niño, y en vez de ir al colegio salió junto a Joselo y Rafita. Con la altura y el largo de brazos precisos para lograr limpiar los parabrisas hasta del auto más grande, se unió a la industria familiar. Sandra y Miguel, su padrastro, bebieron cerveza para celebrar el acontecimiento.

Ahora sólo queda Kevin, más le vale a Sandra alimentar bien a ese chicuelo.

noviembre 3, 2008

tarareo

Archivado en: relatos — Etiquetas: , , — Jorge López @ 8:52 pm

A fulanita de tal ya la conozco hace un buen tiempo. Ella tararea. Tararea mientras ingresa al box de atención y toma asiento, tararea cuando me espera mientras termino de escribir en su ficha clínica. Tararea mientras ausculto sus campos pulmonares. Tararea mientras reviso sus oídos.

Estoy seguro que tararea para sus adentros -o quizás incluso cante- cuando reviso su orofaringe.

Siempre me ha parecido una situación tremendamente irritante. Claro, pienso que fulanita no le da a la consulta médica el suficiente valor, que no me brinda el respeto que me merezco como profesional de tan alta índole y responsabilidad. Luego pienso que quizás tiene algún retraso mental que explique la situación, considerando que su facie no es exáctamente la de un genio. ¿O quizás es un tarareo nervioso, tensa por encontrarse sola en la consulta de un médico? ¿Algún trauma proveniente de la más tierna infancia, o de la aún tierna adolescencia?

Todo esto lo pensaba mientras hoy me visitaba de nuevo y yo me dirigía hacia al mesón donde mantengo los bajalenguas, y mientras me dirigía hacia ella, me sorprendí tarareando.
-Parap papap pap paap
Y fulanita:
Tararaaa lara laraaaa
Parap paaa papa paaap
- Tara ta tan ta

Y luego al unísono: parap paaaap pap! / tarat taaaat tat!

Luego el silencio, para luego retornar rápidamente la dignidad a la consulta médica.
- Abra grande la boca, eso, diga aaaa. Eeeso. Claro, tiene la garganta muy irritada oiga. Veamos los pulmones ahora. Diga treinta y treees. De nuevooo, eeesoo, muy bien.

(Noviembre, 2007)

octubre 3, 2008

sueños perdidos

Archivado en: relatos — Etiquetas: , , , , — Jorge López @ 9:16 am

Despierta y mira su reloj de pulsera sobre el velador. Se bendice por su despertar a la hora y maldice a su alarma que no sonó, y decide que esta vez no se quedará en la cama ni un segundo más y va directo a la ducha. Toma sus cosas, guarda el laptop y parte raudo a las escaleras, pero a último minuto cambia de parecer y toma el ascensor. Primer piso y puerta de salida. Mira el cielo, está oscuro y pareciera que va a llover. Sube al auto. El brillo del reloj en el panel le obliga a mirar. Lee los números de la pantalla led.

5.15 

Mira por segunda vez su reloj de pulsera con algo de dificultad, en las mañanas le cuesta enfocar. 5.16. Intenta vanamente que ese 5 sea un 7, pero no, mierda, despertó dos horas antes. Piensa en volver a dormir, pero no, ya no tiene sueño y decide partir. ¿Partir a dónde?

Las calles, salvo un ocasional compañero de madrugada, son suyas. Maneja lento, se detiene y vuelve a partir haciendo de estas dos horas que le restan un viaje por el recuerdo, revisitando cada lugar que compartieron. Recuerda las palabras, recuerda los gestos, recuerda largos silencios y no puede evitar sentir una cierta tristeza ante lo que no fue. 

La luz del semáforo da rojo. Cierra los ojos y espera retomar el sueño perdido. Pero el sueño es otro sueño, y la luz verde dice que hay que seguir adelante. Sorprendentemente no le parece una mala idea en lo absoluto, y parte acelerando en segunda.

septiembre 14, 2008

cinco notas

Archivado en: relatos — Etiquetas: , , , — Jorge López @ 9:27 pm

Cinco notas. Míseras cinco notas son las que me hacen estar aquí. Benditos compositores contemporáneos que son capaces de tenerme aquí todo un concierto por esas cinco notas que Andrés, al lado mío, es incapaz de ejecutar pues está tocando todo lo demás. A veces pienso si no será ése el objetivo, si acaso no seré yo el centro de la presentación, si mi presencia visible pero insonora era acaso el fin último buscado. Pero entonces mi argumentación sin pies ni cabeza se encauza al tiempo que me doy cuenta de que estoy a punto de cabecear en el asiento. Ahí si que sería el centro de la función, una función única, y en mi caso particular, última.

 

Entonces, ¿por qué estoy aquí? por qué estoy echado en este asiento, con un traje que nunca me quedó bien, incapaz de mantener una postura acorde durante todo el tiempo que tengo que esperar por esas cinco notas, y luego todo el tiempo que quedará antes que deba recibir los aplausos, esperar a que el director entre y salga por más aplausos un par de veces y luego ante su orden ponerme de pie para recibir las congratulaciones por algo que apenas hice. Ciertamente mi buen amigo Andrés se las merece más, tiene un par de segmentos solistas en los que se luce, y me luzco a su lado no haciendo absolutamente nada.

 

Vamos, no bosteces. Hace rato que hacer gestos como llevar las cejas hacia arriba, sacar y ponerme los lentes o llevarme la boquilla del oboe a la boca no dan resultado. En cualquier momento caeré derribado sobre los fagotistas, y ellos directo sobre las violas.

 

Pero ¿quién soy yo? ¿acaso tan sólo la imaginación de alguien en el público, como aquel en la tercera fila a la derecha, alucinando un poco para pasar el rato? ¿acaso soy la manera en que evito que sea él quien caiga dormido? ¿acaso soy la excusa para no viajar con la música a lugares que no quiere ir? ¿acaso no soy nadie si no estás mirándome?

 

agosto 25, 2008

¿qué ocurre ahora?

Archivado en: relatos — Etiquetas: , , , — Jorge López @ 11:39 pm

- ¿Qué ocurre ahora? -me preguntó de repente, y sabía exáctamente a qué se refería.
- ¿Ahora? Pregunta curiosa que me haces.
- No soy de preguntas obvias – dijo, y era evidente que esta vez no tendría un salida  sencilla, así que dejé pasar unos segundos. La respuesta esperada era larga y compleja, probablemente sería capaz de darle un innecesario tono sentimental y terminaría siendo capaz de dejar espacio a la esperanza. Todo lo que no pretendía hacer.
- Me la pones difícil, sabes que soy malo con las palabras.

Seguimos caminando en silencio, mientras pensaba que era el momento adecuado para encender un cigarrillo y reforzar el paso hasta llegar a la banca de la plaza y quizás ahí intentar una respuesta. Intentar una respuesta que tendría que estar inventando en esos momentos. En cambio, sólo podía pensar que siempre hay algo que no resulta como lo esperamos, y así es como en este caso no fumo, no hay banca, no hay plaza, sólo calles y más calles en una tarde otoñal. Me asombro una y otra vez de mi cualidad para llegar a situaciones complejas en los momentos más inadecuados.

Fue entonces cuando el silencio a secas se transformó inexorablemente en un silencio incómodo que alguien tenía que romper.
- ¿Y entonces? -dijo con cierta impaciencia. Entonces un crack vino desde el suelo, y supe exáctamente qué es lo que debía decir.
- ¿Por qué no pisamos las hojas secas mejor? -le respondí. Ese eterno afán por ser niños una vez más realmente parecía ser la mejor opción en esos momentos. Después de todo, quién podría resistirse.

Y así fue como decidió pisarlas, pero en el sentido contrario al mío.

Entradas más antiguas »

Tema Silver is the New Black. Blog de WordPress.com.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 227 seguidores