Jorge López.

julio 27, 2009

objetos personales

Archivado en: relatos — Etiquetas: , , , , — Jorge López @ 10:57 am

Es algo tan íntimo, pudoroso, tan intensamente personal que es difícil hablar de ello, mas debo, y es que hay algo mío que aún está contigo. Es mi cepillo de dientes, ahora un extraño, un emisario incómodo en tierras enemigas. Se quedó ahí una noche, en un tácito acuerdo de compañía y compromiso. De pronto, o más bien de a poco, la compañía y el compromiso se desvanecen, y ahí quedaste, oh, cepillo, abandonado a tu suerte, compartiendo con otros como tú, pero con quienes mantienes tanta distancia como te lo permite aquel vaso que comparten con esa estrujada pasta de dientes.

¿Qué será de tí? ¿Estarás aún en tu última morada conocida, ese rincón junto al lavamanos? ¿Cuál será tu destino? ¿un muy probable basurero, un reciclaje a escobilla multiusos, pertenecer, oh no, a una inescrupulosa nueva boca, un espacio en un panteón de trofeos de guerra, o una dudosa e innecesaria llamada de devolución?

Oh, valiente cepillo, tú no lo sabes, pero en tu soledad eres algo único: el único testigo de que una vez hubo algo. Y así, de pronto, te conviertes así ya no en sólo un cepillo, sino que en otro indicador de nuestro fracaso. Lo bueno es que te compré en un pack de 3, y es así como hoy te digo adiós.

mayo 7, 2009

mi corazón

Archivado en: personal, relatos — Etiquetas: , , , , — Jorge López @ 11:09 pm

Mi corazón no miente. Late como pocos, se agita y se remece. Mi corazón duele. No es de medias tintas, se siente o no se siente, y cuando se siente el cuerpo sucumbe. Todo gira alrededor de mi corazón, incluso cuando pretendo esconderlo, cuando pretendo olvidar que está ahí latiendo más que lo que debiera, más que lo que quisiera: es imposible dejar de pensar en que está ahí.

Me asombra cada día al darme cuenta de que no puedo dejar de sentirlo, y que a veces lo que sientes llega a ser dolor cuando debiera ser tan sólo ese pulso continuo que te recuerda que estás vivo.

Oh, taquicardia paroxística, vaya si le das ritmo a mi vida.

abril 6, 2009

Etiquetas de lavado

Archivado en: relatos — Etiquetas: , , , — Jorge López @ 12:55 am
Etiquetas de Lavado, ese práctico link en la subcarpeta varios de mi barra de marcadores, fue todo lo que me dejaste, el único rastro que quedó de nuestra difícilmente comprobable existencia, del inicio de una linda historia que no fue. Me olvidaste rápido, me bloqueaste en messenger, me borraste de facebook, y seguro que ya enseñaste a otro a lavar. 
Pero yo nunca te olvidaré, cómo podría: Nunca más he vuelto a desteñir mi ropa, aunque sigo necesitando algunos datos sobre el planchado. ¿Acaso podrías darme otra oportunidad?

marzo 28, 2009

Santiago

Archivado en: relatos — Etiquetas: , , — Jorge López @ 9:04 am
El sonido de los autos en la calle nunca se detiene por completo. Siempre, más cerca, más lejos, está ahí esa imitación de oleaje en ocasiones silenciado por el sonido del caucho frenando de golpe en el rojo, o precediendo al impacto doloroso de un choque. Curiosamente rara vez se escuchan bocinas, mas sí sirenas de bomberos, ambulancias o policía, cuyas balizas se reflejan en las ventanas de edificio en edificio. 

Hay algo mágico en esa mezcla entre el sonido de las hojas de los plátanos orientales, del barrendero barriéndolas, de ventanas que se abren no sabes dónde, del mendigo pidiendo ayuda, del vozarrón del vendedor de diarios, del oleaje mecanizado, del murmullo initeligible de las voces que se cruzan y que nunca más verás y que a veces, sólo a veces, te preguntas si son de verdad o están sólo en tu mente.

La ciudad no duerme, dicen. Y es que si alguna vez durmiera sería una imagen de una tristeza sin comparación. Sería como si muriera, y esta ciudad es mi vida. 

febrero 22, 2009

robar es natural

Archivado en: libros, personal, relatos — Etiquetas: , , , — Jorge López @ 8:00 am

Escribir es un hobby para mi. Un hobby que haría feliz a tiempo completo, tan sólo que si así fuera pasaría períodos prolongados de no hacer nada, si tomamos como parámetro mis niveles de creatividad actuales. En ocasiones la falta de inspiración es frustrante, y desespera pasar el tiempo frente al teclado o frente al papel, esperando por esa mágica primera frase que dará origen a todo, esa primera frase que captura todo lo que quiero decir. Bien lo dice J.M. Coetzee en los primeros dos parrafos de Elizabeth Costello:

En primer lugar está el problema del arranque, es decir, de cómo ir desde donde estamos ahora, y ahora mismo todavía no estamos en ninguna parte, hasta la orilla opuesta. Solo es cuestión de cruzar, de tender un puente. La gente soluciona problemas así todos los días.

Pongamos por caso que lo conseguimos, sea como fuere. Digamos que el puente ha sido construido y cruzado, y que podemos quitarnos el problema de encima. Hemos dejado atrás el territorio en el que estábamos. Y estamos al otro lado, que es donde queríamos estar.

 

En este texto, lamentablemente, aún no hemos llegado al otro lado, pero no pierdo las esperanzas de lograrlo. En mi día a día ciertamente lo logro hacer, lo que es crucial para que mi trabajo sea bien hecho. Pero ése es el trabajo, éste es el hobby. Y en el hobby tiene que surgir esa primera frase, y luego, lo que se ha de narrar debe ser atractivo, y esa atracción debe mantenerse durante todo el relato, que en mi caso será muy probablemente una historia breve que no puede permitirse un párrafo innecesario, como éste.

Entonces está el problema del arranque, luego está el problema del contenido, y al mismo tiempo surge el problema de dar con el personaje y con su lenguaje, lograr que el personaje logre una vida propia, y es entonces cuando me decido a robar directamente desde mi vida. Y aquí estoy, viendo un nuevo personaje, una nueva historia en cada persona en la calle, en cada frase de mis pacientes, en cada trivial encuentro social, inconscientemente diseccionándolos para ver qué robar. Veo a cada posible víctima de robo hacerse y deshacerse en su nueva realidad literaria con una velocidad que me asombra. Literalmente los veo derretirse en cosa de segundos. En ocasiones trato de conservarlos en su forma, mantenerlos congelados para que obedientemente luego vuelvan a la acción según mi voluntad, pero lamentablemente casi todos terminan derretidos en el período que pasa entre la inspiración y la transcripción. 

Entre semejante masacre de personas derretidas a veces puedo distinguir sus restos: a la seguidora de osho con insomnio y estrés todavía puedo distinguirle su huesuda complexión, de la anciana librepensadora con traje en combinación de fucsias por supuesto que queda esa sensual ausencia de párpado inferior del ojo derecho y misteriosamente aún es capaz de hablar en su forma muy particular. Pero si de sorpresas se trata ahí está el oficinista de turnos nocturnos que se mantiene curiosamente íntegro, pero en un ambiente de mantequilla, mas no pierdo las esperanzas de que conozca al guardia del edificio del que sólo conservé su linterna. Es tan sólo cosa de tiempo para dar ese gran golpe y eliminar toda evidencia de mi pequeño robo.

febrero 5, 2009

bodas de oro

Archivado en: relatos — Etiquetas: , , , — Jorge López @ 8:44 pm
Lo tenía todo decidido desde antes. Guardó más temprano que lo habitual los aviones de alambre que vendía en la calle y marchó rumbo a su casa. ¿Vieja, estás lista?, preguntó al momento de entrar a la casa. Casi lista viejo, respondió la temblorosa voz de la anciana, al tiempo que salía del baño con su traje de pantalón blanco y blusa negra con lunares. El viejo entonces entró raudo al baño, ¿me tienes la ropa lista?, Claro viejo, colgada en la puerta, ¿la viste? Si, si, ya la ví. Se sacó su transpirada camisa, mojó la toalla y la pasó por su cara y luego sus axilas. Con cierta dificultad sacó sus pantalones y se colocó los de su traje negro, de fina factura pero ya gastado por el paso de los años. No dio importancia al gastado cuello de su camisa, anudó su corbata y salió del baño. Ella completó su atuendo con un sombrero de ala larga en diagonal y lentes de sol de carey hexagonales que cubrían la mitad de su cara, él acomodó su corbata y se puso su chaqueta y juntos salieron de la casa y subieron al viejo Opala café estacionado en la calle.   

Y en el viejo Opala partieron, zigzagueando por la calle los dos ancianos, sonriendo tomados de la mano. Apagaron sus audífonos ante los constantes bocinazos de los autos a los que constantemente casi chocaban en su ondulado paseo, y así ninguno de los dos escuchó cuando el otro dijo Ya es hora, y el viejo sonrió, aceleró frente a la luz roja, y agradeció a sus osteoporóticos huesos y a su viejo auto sin airbag al momento de recibir el súbito y demoledor impacto del bus.

diciembre 9, 2008

el método de Sandra

Archivado en: relatos — Etiquetas: , , — Jorge López @ 11:34 pm

Cada dos semanas, Sandra metódicamente lo medía. Estatura y largo de brazos, tabulados en forma ordenada en el reverso de su cuaderno de matemáticas. La experiencia le había demostrado que no hacía falta hacerlo más que una vez al mes, no habían diferencias significativas entre día y día, ni tampoco de semana a semana, pero aún así prefería mantener su ritmo bisemanal. En ocasiones se sorprendió notando que medía menos que la vez anterior, y luego de la sorpresa inicial se bofeteaba la cara por haberlo medido mal, está más que claro que los niños no se encogen. Nunca lo pesaba, no por falta de pesa -había una en el baño, en la que el niño se medía por su cuenta y registraba a escondidas-, sino por hallarlo innecesario. 

No hay plazo que no se cumpla y así llegó el día de Juan, pues así se llamaba el niño, y en vez de ir al colegio salió junto a Joselo y Rafita. Con la altura y el largo de brazos precisos para lograr limpiar los parabrisas hasta del auto más grande, se unió a la industria familiar. Sandra y Miguel, su padrastro, bebieron cerveza para celebrar el acontecimiento.

Ahora sólo queda Kevin, más le vale a Sandra alimentar bien a ese chicuelo.

noviembre 3, 2008

tarareo

Archivado en: relatos — Etiquetas: , , — Jorge López @ 8:52 pm

A fulanita de tal ya la conozco hace un buen tiempo. Ella tararea. Tararea mientras ingresa al box de atención y toma asiento, tararea cuando me espera mientras termino de escribir en su ficha clínica. Tararea mientras ausculto sus campos pulmonares. Tararea mientras reviso sus oídos.

Estoy seguro que tararea para sus adentros -o quizás incluso cante- cuando reviso su orofaringe.

Siempre me ha parecido una situación tremendamente irritante. Claro, pienso que fulanita no le da a la consulta médica el suficiente valor, que no me brinda el respeto que me merezco como profesional de tan alta índole y responsabilidad. Luego pienso que quizás tiene algún retraso mental que explique la situación, considerando que su facie no es exáctamente la de un genio. ¿O quizás es un tarareo nervioso, tensa por encontrarse sola en la consulta de un médico? ¿Algún trauma proveniente de la más tierna infancia, o de la aún tierna adolescencia?

Todo esto lo pensaba mientras hoy me visitaba de nuevo y yo me dirigía hacia al mesón donde mantengo los bajalenguas, y mientras me dirigía hacia ella, me sorprendí tarareando.
-Parap papap pap paap
Y fulanita:
Tararaaa lara laraaaa
Parap paaa papa paaap
- Tara ta tan ta

Y luego al unísono: parap paaaap pap! / tarat taaaat tat!

Luego el silencio, para luego retornar rápidamente la dignidad a la consulta médica.
- Abra grande la boca, eso, diga aaaa. Eeeso. Claro, tiene la garganta muy irritada oiga. Veamos los pulmones ahora. Diga treinta y treees. De nuevooo, eeesoo, muy bien.

(Noviembre, 2007)

octubre 3, 2008

sueños perdidos

Archivado en: relatos — Etiquetas: , , , , — Jorge López @ 9:16 am

Despierta y mira su reloj de pulsera sobre el velador. Se bendice por su despertar a la hora y maldice a su alarma que no sonó, y decide que esta vez no se quedará en la cama ni un segundo más y va directo a la ducha. Toma sus cosas, guarda el laptop y parte raudo a las escaleras, pero a último minuto cambia de parecer y toma el ascensor. Primer piso y puerta de salida. Mira el cielo, está oscuro y pareciera que va a llover. Sube al auto. El brillo del reloj en el panel le obliga a mirar. Lee los números de la pantalla led.

5.15 

Mira por segunda vez su reloj de pulsera con algo de dificultad, en las mañanas le cuesta enfocar. 5.16. Intenta vanamente que ese 5 sea un 7, pero no, mierda, despertó dos horas antes. Piensa en volver a dormir, pero no, ya no tiene sueño y decide partir. ¿Partir a dónde?

Las calles, salvo un ocasional compañero de madrugada, son suyas. Maneja lento, se detiene y vuelve a partir haciendo de estas dos horas que le restan un viaje por el recuerdo, revisitando cada lugar que compartieron. Recuerda las palabras, recuerda los gestos, recuerda largos silencios y no puede evitar sentir una cierta tristeza ante lo que no fue. 

La luz del semáforo da rojo. Cierra los ojos y espera retomar el sueño perdido. Pero el sueño es otro sueño, y la luz verde dice que hay que seguir adelante. Sorprendentemente no le parece una mala idea en lo absoluto, y parte acelerando en segunda.

septiembre 20, 2008

botillería

Archivado en: relatos — Etiquetas: , , , , — Jorge López @ 10:22 am
Somos él y yo, esperando atención en la botillería del barrio.
¿Viene de ahí? ¿hay fiesta o no? ¿ah no? ah, viene de otro lado, ahh, es que pensé que había salido del local. Me da dos dos de pisco y una cocacola. Las de pisco de las chicas. ¿Que me conviene más la promo? bueno, llevo la promo. Oiga es que yo no tomo nunca, sólo para las fiestas. Yo trabajo estos días de fiestas, pero me llegó una chiquilla de visita, y hay que tener qué servirle. Yo me había comprado una chica de pisco pero me la había tomado solito antes que llegara, y no puedo tenerla sin nada pa’ servirle. Usté sabe, ellas son las que mandan. Yo ni tomo, si es para ella, para que esté más sueltecita, sabe. A ver si me puedo arrancar del trabajo y me la traigo pa’cá a la fiesta. Uno nunca sabe cuando puede cantar la perdiz. Ya caballero, le toca que lo atiendan, páselo bonito en las fiestas, no tome mucho eso si ah? 
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