He sido fan de eso que llaman rock progresivo toda mi vida, o al menos desde los 13 o 14 años, y mi gusto por este tan impopular estilo se debe única y exclusivamente a Genesis, de cuando en 1992 compré mis primeros cassettes y entre ellos estaba uno llamado We Can’t Dance (los otros siendo Reggatta de Blanc de The Police y Greatest Hits de Queen: de Police sigo siendo un gran fan, de Queen aprendí a valorarlos en su justa medida). A los 12 años mis gustos musicales no tenían definición alguna, no tenía ninguna capacidad de definir qué canción era de Phil Collins y cuál era de Genesis, y para mis efectos el grupo era el de las canciones y videos divertidos. Pero empecé a escuchar ese cassette y de pronto me fui dando cuenta de que Genesis era bastante más que canciones para reirse, que era un grupo más bien serio.
Así pasó un poco de tiempo, no se bien cuánto, hasta que un día iba con mi papá fuera de Santiago y me di cuenta que cierta canción estaba siendo la banda sonora de un trayecto más bien largo. La canción era Fading Lights, el magnífico cierre del disco, y en cuanto llegué a casa la cronometré: 10 minutos 15 segundos. No podía creerlo, ¿podía acaso durar una canción tanto? Comencé a prestarle más atención al resto de los temas. Había un segundo tema de más de 10 minutos (uno que por un buen tiempo confié en que su traducción efectivamente era “tomando la última curva” tal y como decía mi cassette, y no “clavando el último clavo”), y un tercero de 7. Luego me fui poniendo maniático, cuando me fui dando cuenta de que en ocasiones habían segmentos instrumentales extensos, como el de la mentada Fading Lights, o el de la más breve Living Forever. Y todo ello me fascinaba en la medida que descubría que estaba ante algo completamente distinto a todo lo que antes podría haber escuchado antes.
En resumidas cuentas, estábamos ante el nacimiento de un fan de Genesis. Y todo fanatismo tiene cierta dosis de adicción, y necesitaba saciar una sed.
Por supuesto, si esto hubiese pasado en 2010 si hubiese querido más era fácil. Hubiera bastado con entrar a google, tipear “genesis discography torrent” y mi programa de torrents habría hecho el resto del trabajo durante una noche o quizás parte de la mañana siguiente. Pero esos eran tiempos distintos, tiempos en que el acceso a la información era mucho más dificultosa y fragmentada. Con internet en forma masiva al menos en Chile aún en pañales, básicamente para avanzar en mis conocimientos del grupo tenía que optar por la suposición, por el azar, y luego, por mi gran guía, la revista Rock Clásico de Genesis (¿se llamaba así?), una edición nacional de biografías extendidas de bandas acompañadas de cancioneros, todo con fotografías y recortes entre psicodélicos y hippies. Y por supuesto, de los especiales de radio, que grababa religiosamente.
Alguien ya me había dicho que tuviera cuidado con los discos más antiguos del grupo, pues eran un poco raros, así que avancé con cautela, comprando de a poco la discografía, haciendo calzar las piezas. Un día en radio Viva (97.7, del adulto joven), tocaron The Lamb Lies Down on Broadway. Lo grabé (en un cassette de 90min, ya sabía que era un disco doble), lo escuché una y otra vez, y no logré digerirlo más allá de In the Cage. Un buen signo fue que encontré interesante ese experimento -lejos lo más extraño que hasta ese entonces había escuchado en mi vida- llamado The Waiting Room, pero como un todo era demasiado, y decidí que al menos por un tiempo me enfocaría en cosas no tan antiguas, y de hecho (Tony Banks, perdóname), llegó el momento en que borré la cinta.
Finalmente todas las cosas llegan en el momento adecuado y es así como mi amor por el Genesis más clásico se generó a través de The Musical Box, como ya antes he escrito. De ahí a fascinarme incluso con ese rechazado The Lamb no pasó tanto tiempo, y de hecho contiene muchas de mis momentos favoritos, como el que alguna vez documenté también por aquí.
Recuerdo con tremenda nostalgia esos tiempos -cuando ya tenía CD player, un minicomponente Kioto harto rasca, he de decir- en que mis ahorros se iban destinados a juntar cada peso para ir comprando, mes a mes, un nuevo disco del grupo, ya sea en reemplazo de un cassette o uno completamente desconocido. Y justo ahí estaban los Definitive Edition Remaster, a las que les habían sacado un poco de polvo, y como por ahí leía, en algunos casos las diferencias eran notables.
Con justa razón mis compañeros de colegio me deben haber tenido en algún momento como el nerd. Obvio, el mateo del curso, el que no jugaba a la pelota, y el que tenía un cuaderno en el que se quedaba cada recreo traduciendo las canciones de su banda favorita. Pero es gracias a esas traducciones (y no a haber acudido a un colegio llamado “Colegio Inglaterra”) que me manejo algo en inglés.
Pasaron los años, me compré todo posible boxset, seguí, al menos parcialmente, carreras paralelas de los músicos y ex músicos, tuve un sitio web dedicado a la banda (nada de 2.0, por cierto, pero que fue un pequeño orgullo), fui de los que vio como una oportunidad más que una catástrofe la salida de Phil Collins y el lanzamiento de Calling All Stations en 1997 con Ray Wilson como vocalista, y también vi con tristeza como preferían abandonar el barco tras los resultados poco satisfactorios en ventas de ese álbum.
Seguí atento a todo posible rumor de reunión de la banda no sin cierto grado de amargura. Después de todo, Genesis siempre había sido una banda que se preocupaba de mirar hacia adelante, aún cuando la crítica (o los fans) los trataran de vendidos. El mirar adelante para mi había terminado cuando decidieron no hacer un segundo disco, con Ray Wilson, y quizás involucrando a otros músicos. Traer nueva sangre, decirle no al desgaste.
El camino decido fue otro, y finalmente en 2007 se oficializó una gira por Europa y Norteamérica. Y ahí estuve. Cómo no iba a estarlo, estaba claro que era mi única chance de verlos. Compré tickets primero para Inglaterra (en una locura de preventa, un día a las 7AM, con un sitio de ticketmaster colapsando, y cada vez que intentaba una vez más viendo cómo quedaba más y más lejos del escenario), pero la logística no me acompañó. Pero si que pude para las fechas de Norteamérica, y Philadelphia coincidía perfectamente con los feriados de fiestas patrias chilenas. Y lo hice: los vi en vivo, en una gira fantástica, con una puesta en vivo apoteósica, un set de temas que buscó hacer feliz a todos por igual lográndolo de buena forma. Por supuesto que compré el CD del show de esa noche, pero rara vez lo he escuchado. La magia fueron esas dos horas y media. Una grabación es una visión demasiado parcial.
Han pasado casi tres años desde ese recital y desde entonces por supuesto que han salido nuevas y l
ujosas reediciones (que por supuesto he comprado y comentado por aquí), pero con el paso de los años las cosas van cambiando. Desde haber escuchado sólo Genesis, a haberme hecho un fan acérrimo del rock progresivo, de pronto fui descubriendo otras cosas tanto o más cautivantes a mis oídos, y entonces a darme cuenta que las categorías en la música son una soberana estupidez. Genesis sigue ahi, pero ahora es distinto. De ellos querré tener cada material editado, leeré cada entrevista que pueda, seguiré perfeccionando mi conocimiento (a veces tendiente a lo enciclopédico) de la historia de la banda, pero hace mucho tiempo que no son mi banda más escuchada, como tampoco lo son ni King Crimson, ni Yes, ni Rush, ni Pink Floyd. Ahí si que están Marillion (etapa Hogarth), Porcupine Tree, No-man, Nick Drake, Radiohead, Anja Garbarek, Tortoise, Kevin Johansen, Jorge Drexler, La Desooorden, Congreso, Air, Massive Attack. Música abierta a explorar, músicos que no se quedan tranquilos, músicos que es imposible meterlos a todos en un mismo saco.
Y es así como cuando si antes me preguntaban ¿qué música escuchas? yo tenía sólamente que explicar en qué consistía el rock progresivo, y no era difícil, en los primeros años citando a Pink Floyd o Rush, y luego ya Radiohead y Muse me la pusieron mucho más sencilla. En cambio, cuando ahora viene la misma pregunta, me hago todo un lío.
Wild Opera (1996), el tercer disco de No-man, considerando discografía oficial (es difícil numerar los álbumes de no-man después de todo, ¿acaso Speak y Heaven Taste no son acaso fantásticos discos más allá de no formar parte contar con el estatus de catálogo oficial?), es un trabajo único.

El cuarto trabajo de La Desooorden, nuevamente dentro del formato conceptual, responde a una situación de contingencia nacional. Ciudad de Papel relata el conflicto vivido entre Celulosa Arauco y la comunidad de Valdivia, gatillado por el hallazgo, en octubre de 2004, de cientos de cisnes muertos en el Santuario del Río Cruces debido a la contaminación producida por la industria de celulosa, y la forma en que ello detonó un gran movimiento ciudadano que mostró la tardía y ambigua reacción del gobierno en ese tema. Ciudad de Papel es además la banda sonora del documental homónimo estrenado en el 14° Festival de Cine de Valdivia 2007.
Stupid Dream fue recibido con sorpresa por los fans que vieron cómo la banda se alejaba casi totalmente de lo electrónico y lo progresivo a favor de un sonido rock con formato canción, cercano a lo que se hallaba haciendo Radiohead. ¿Qué podían esperar los fans entonces como el siguiente paso? Antes de un año de la aparición de Stupid Dream, Steven Wilson y compañía editan Lightbulb Sun (2000), y la verdad es que podríamos decir que este álbum “es más lo mismo, pero distinto”.
El siguiente paso en la carrera de Porcupine Tree, Stupid Dream (1999), fue uno inesperado. Si bien cada nuevo trabajo de Porcupine Tree marcaba una diferencia con el anterior, nunca el cambio fue tan rotundo como esta vez. El gusto por el pop de The Beach Boys, los arreglos de cuerdas y las armonías vocales deciden a Wilson por componer por primera vez un disco de canciones, dejando los largos segmentos instrumentales a un lado.
En 2005 fue editada una versión revisada de Stupid Dream, con un arte de carátula completamente nuevo, e incluyendo una nueva mezcla stereo y un DVD adicional con el álbum en formato 5.1 y como bonos el asombroso instrumental Ambulance Chasing y la versión íntegra de Even Less, temas que ciertamente merecían su inclusión en la versión final del álbum.
Si bien sólo en los últimos años Porcupine Tree ha comenzado lentamente su ingreso dentro del mercado mainstream, dentro de círculos netamente progresivos “saltó a la fama” con el disco The Sky Moves Sideways, donde confluyeron claras influencias Floydianas y un marcado interés por la música electrónica. Para el sucesor de ese disco sin embargo la banda no se deja estar y edita Signify (1996), marcando un camino bastante diferente.
Las sesiones de Signify fueron particularmente productivas, lo que se tradujo en dos grabaciones anexas. Por un lado, el disco de improvisaciones Metanoia, que sigue la línea de Intermediate Jesus, y por otro lado Insignificance, que recopila demos, versiones previas y material previamente inédito, inicialmente sólo disponible en una edición limitada a los fans. La reedición 2003 del álbum incluye a Insignificance, en una edición revisada y remasterizada, en un disco adicional, y es un perfecto complemento para Signify, con algunas composiciones memorables descartadas, como las acústicas Smiling not Smiling o Wake as Gun (que posteriormente sería reutilizada para componer Jack the Sax de No-Man), un notable cover de Hallogallo de Neu! que deriva en una versión inicial de Signify, o Dark Origins, que usa la base de Dark Matter para generar un oscuro y atmosférico tema, entre otros.
The Sky Moves Sideways (1994) fue el trabajo que puso a Porcupine Tree dentro del mapa del rock progresivo de los años noventas. Alejado del llamado rock neoprogresivo de bandas como Pendragon o IQ, la de Porcupine Tree era una apuesta diferente, y la más clara (si bien quizás no la principal) influencia venía de la mano de Pink Floyd.
En muchos aspectos, Up the Downstair (1993) puede categorizarse como el inicio de la historia de Porcupine Tree. Es el primer trabajo creado especificamente como un álbum, y también el primero en que participan, si bien sucintamente, los futuros miembros oficiales, Colin Edwin (bajo) y Richard Barbieri (teclados). Aún así, se trata aún básicamente un proyecto en solitario de Steven Wilson.
En 2005 Up the Downstair fue reeditado y para ello se decidió incluir el EP Staircase Infinities de 1994 en un segundo disco. Dicho EP incluye material adicional, considerado inicialmente para una edición doble de Up the Downstair, junto con algunos temas compuestos inmediatamente después. Se trata de un trabajo que explora con mayor detalle la veta ambient de Wilson, con trabajos en su mayoría atmosféricos, interesantes sin ser particularmente destacables y que por momentos, como en Rainy Taxi, recuerdan a Pink Floyd de A Saucerful of Secrets. Así, es absolutamente comprensible su exclusión del trabajo mayor, pero por si solos logran funcionar como un todo, convirtiendose en un atractivo anexo. De los 5 temas destaca el más extenso, Yellow Hedgerow Dreamscape, con un bajo inquietante y que progresivamente toma mayor velocidad a medida que Wilson hace de las suyas con la guitarra.
En prácticamente todos los artículos, entrevistas y comentarios de la prensa especializada se ha comentado cómo es que Porcupine Tree partió como un juego de Steven Wilson, creando una supuesta banda legendaria de los 70s para etiquetar un proyecto solista donde dar cabida a las tendencias autoindulgentes que no tenían espacio en su proyecto principal, No-Man. De lo que pocos hablan es de la música en si.